1er Congreso Internacional "Pobres y Pobreza en la Sociedad Argentina"

Universidad Nacional de Quilmes - Argentina

Noviembre 1997

Ponencias publicadas por el Equipo NAyA
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Aportes para la discusión de la crisis ocupacional en la Argentina

Néstor Pablo Lavergne

La reversión de la recesión que afectó a la economía argentina luego de la corrida cambiaria y bancaria de fines de 1994 y principios de 1995 ha redefinido el escenario de crisis ocupacional -aun persistente- que con su secuela en materia de pobreza y de deterioro en los ingreso ha venido afectando la economía argentina en los últimos años. En coincidencia con este fenómeno, se han conocido las primeras elaboraciones teórico-políticas de los responsables de la política socioeconómica de este último lustro que, luego de dejar sus actividades ejecutivas, ofrecen mediante dichos trabajos una interesante versión de los acontecimientos que resulta de consulta obligada, al momento de interpretar la grave situación que vienen atravesando amplios sectores de la población . El debate de ideas deberá posibilitar el diseño de políticas que permitan transformar el crecimiento económico en mejoras genuinas en la situación de la población afectada por la desocupación, pobreza y marginalidad.

1. Desde los inicios de los años 90 la Argentina sufre indicadores de desocupación de dos dígitos, algo que no había acontecido nunca antes desde que se estableciera en 1974 la rutina de medición bianual de la actual serie oficial a partir de la Encuesta Permanente de Hogares del INDEC (ver Cuadro 1). En mayo de 1993, en el aglomerado urbano del Gran Buenos Aires -GBA- (que comprende a la Ciudad de Buenos Aires y los 19 Partidos del Conurbano y que, en su conjunto, representa aproximadamente el 40% de la PEA del total del país) la tasa de desocupación (TD) trepó al 10,6%. Un año después, dicho indicador para el conjunto del país alcanzó al 10,7%, siendo que posteriormente fue alejándose cada vez más de la posibilidad cercana de volver a ser una medida de un dígito, como lo fue históricamente.

Cuando en mayo de 1993 -a dos años de aplicación del actual programa económico- la TD del GBA trepó al 10,6%, el indicador evidenció un importante deterioro de la situación laboral, en términos de que representaba un incremento del 61% con respecto tan sólo la medición alcanzada en igual período del año anterior; mostraba un aumento en relación al promedio de la década previa que se remontaba casi al 90% y, por otro lado, ponía en evidencia el hecho de que el índice resultaba ser aun más alto que el que se había sufrido durante los duros años de la hiperinflación (ver CUADRO 1).

Como es sabido, lejos de mejorar, durante los dos años siguientes la situación empeoró: en mayo de 1995 la TD se duplicó con respecto al importante incremento de mayo de 1993. De esta forma, la Argentina se convirtió en uno de los países con más alta desocupación en el mundo y el que más velozmente había pasado a esa situación: en apenas 4 años -de mayo de 1991 a mayo de 1995- la TD se había multiplicado por más de 3 veces en el GBA y duplicado en los aglomerados urbanos del interior relevados oficialmente.

En octubre de 1995, la recesión post-"efecto tequila" retrotrajo la tasa de actividad (TA) a tal punto que el refugio en la inactividad de los desocupados produjo una reducción de la TD. Durante 1996, una lenta reactivación volvió a mostrar la imposibilidad de la economía para generar un empleo suficiente como para compensar la necesidad de trabajo. Recién a partir de la última medición oficial, la reversión del prolongado período de destrucción del empleo que venía mostrando la economía permitió evidenciar cierta reducción de la TD, que todavía se mantiene en valores extremadamente altos.

2.Para empezar a brindar algunos aspectos que puedan ayudar a entender los efectos de tal deterioro se debe hacer hincapié en 2 aspectos fundamentales: 1) el que subyace a la lógica del estado de los ingresos de la población y sus estrategias de vida asociadas y 2) el relativo a los problemas de creación de empleo de la economía.

Por otro lado es necesario tener en cuenta que, para lograr una correcta descripción del fenómeno del deterioro ocupacional que deba ser explicado en los términos advertidos, se tendrá que reparar en la existencia de 2 momentos netamente diferenciados en la impactante evolución de la desocupación de estos últimos años. La distinción de dichos momentos es fundamental para entender la relación entre desocupación y pobreza que caracteriza a la primera mitad de la década del 90. Los mismos pueden permanecer ocultos si se marca solamente la notable tendencia constantemente creciente que ha experimentado la TD, sin tener en cuenta su evolución pari pasu con las otras tasas generales.

El primero de estos momentos -cuya duración se refleja en el período que transcurre entre las mediciones oficiales de los meses de octubre de 1990 y de mayo de 1993- está caracterizado por un paulatino incremento del empleo. Sin embargo, el mismo culmina con una crisis de desocupación que es explicada, fundamentalmente, a partir de un importante vuelco de población inactiva hacia la búsqueda de una ocupación, con tal suerte que los puestos de trabajo obtenidos no lograron compensar el hecho de que las personas que surgen como nuevos desocupados o reentrantes pasaran a representar una proporción significativa con respecto a la nueva PEA. Este período termina mostrando, entonces, un salto en la TD que es acompañado por un aumento importante del empleo en términos generales. En este período, el espectacular salto ocurrido en la desocupación se produce, paradójicamente, con mejoras en los indicadores de pobreza (ver Cuadro 3), lo que evidencia la importancia de las características del tipo de fenómeno analizado: presión por paso a la actividad de inactivos que, además de engrosar la corriente de desocupados, lo hacen en el contexto de una economía que en ese momento era capaz de crear ciertos puestos de trabajo de muy distinta naturaleza.

A partir de mayo de 1994 el nuevo impulso de la TD inicia un segundo período que se prolonga hasta principios de 1996, en donde esta vez la tasa de empleo (TE) cae continuamente hasta llegar a un nivel aun menor que los alcanzados por los valores promedios de las mismas durante las décadas del 70 y 80. En Beccaria y López (1996) se caracteriza a este período como aquel en donde no sólo la desocupación se explicará a partir del paso de inactivos a la búsqueda de ocupación, sino que conjuntamente con esta tendencia se sumará la destrucción del empleo, agravando aun más la crisis del mercado de trabajo en el país.

Recién en el último año, a partir de la medición oficial de octubre de 1996, se produce una reversión de la destrucción del empleo que se fuera experimentando en esta segunda etapa de la crisis de hiperdesocupación. Las características del mismo han presentado un debate en torno a evaluar la supuesta mejora ocurrida en el mercado de trabajo y su efectiva relación con las tendencias manifiestas del fin de la recesión post-"efecto tequila".

I.El incremento de la desocupación y su relación con el impactante ajuste de ingresos post-hiperinflacionario.

3. Existe un consenso generalizado en señalar al significativo incremento que se produce en el paso de población inactiva a la ocupación o búsqueda de la misma, como uno de los elementos más destacados para caracterizar los importantes cambios que en el mercado de trabajo se dan a partir de 1993, particularmente en el Gran Buenos Aires (GBA). Inclusive la asociación de ese incremento de la TA con los movimientos en los ingresos de la población es inmediatamente destacada por una serie de analistas que, ya sea desde el mundo académico o como resultado de su actuación gubernamental o privada -o en relación a su posicionamiento político- han buscado consolidar una interpretación adecuada del fenómeno aludido.

Sin embargo, las coincidencias terminan al momento de plantear las causalidades respectivas y, fundamentalmente, al caracterizar en términos de bienestar las bondades o defectos de los escenarios reproducidos.

En el inicio de los años 90 la situación de los ingresos aparecía claramente deteriorada, tanto desde el punto de vista de la caída real de los ingresos medios como en cuanto al empeoramiento distributivo de los mismos. Una comparación punta a punta en el período 1974-1988 mostraba que, a las puertas de la hiperinflación, en el Gran Buenos Aires ya se observaba en términos reales una caída de los ingresos medios per cápita familiar de la población, generalizada para cada decil de ingreso. Como los estratos superiores eran los que menos se habían deteriorado, la comparación mostraba a su vez un importante agravamiento de la distribución del ingreso (Beccaria, 1991 y 1992). Es interesante destacar que para interpretar este deterioro el papel del desempleo y la subutilización en general "visible" de la fuerza de trabajo era relativizado frente a otro tipo de factores relacionados con los cambios de composición experimentada por la estructura de los ocupados por rama, tamaño de empresa y categoría ocupacional. El paso del empleo de firmas grandes a mediano-pequeñas, los consiguientes cambios en las productividades relativas entre las ramas, el tratamiento diferencial en los "deslizamientos salariales" con respecto a la mano de obra asalariada calificada y, finalmente, el incremento del cuentapropismo como "refugio" contra la desocupación plena, eran los elementos que parecían definir junto con los problemas de ingreso las coordenadas del deterioro del mercado de trabajo en los dos sentidos antes aludidos.

No obstante lo señalado, ya en este período se empezaba a advertir sobre el hecho de que las condiciones del mercado de trabajo comenzaban a mostrar características explícitas de subutilización. Sin embargo, algunos sugerentes análisis elaborados para interpretar la cuestión laboral de fines de la década del 80 en la Argentina, destacaban el hecho de que la problemática laboral estaba asociada hasta este período con fenómenos de subutilización relacionados con los indicadores de desempleo y subempleo "oculto" (Llach, 1988; Monza y Rodríguez, 1989; Beccaria, 1989).

Por un lado, analizando la imformación de la EPH-INDEC, dichas fuentes interpretaban que las tasas de desempleo abierto de la economía argentina no parecían mostrar, en términos internacionales, niveles que pudieran ser considerados decididamente en forma negativa (lo que no les impedía recalcar que durante la década de los años 80 las mismas habían pasado a tener un piso claramente superior a las de fines de los 70).

Por otro lado, además de esta performance de la TD, el hecho de que hacia 1987 la tasa de subempleo abierta (TS) poco más que duplicara la de una década atrás, no impedía que se considerara que dichas tasas "por sí mismas no proporcionan evidencias concluyente para sostener ni que la situación ocupacional argentina sea significativamente problemática ni que ella haya empeorado en el curso de las últimas décadas" (Monza y Rodríguez, 1989).

4.A partir de la hiperinflación de los años 1989-90 parece haberse producido el precedente para un cambio sustancial en la relación entre el deterioro del ingreso y las manifestaciones visibles de subutilización de la fuerza de trabajo.

El período que antecede al primer salto importante de la tasa de desocupación en 1993 en el GBA está caracterizado, en materia de ingresos, primero por una espectacular caída de los mismos en forma generalizada y, a partir de la segunda parte de 1990 hasta mayo de 1994, por una recuperación importante que no logra revertir toda la situación de deterioro en relación a mediados de la década del 80. Será importante retener (algo sobre lo que se insistirá luego cuando se aluda a las mediciones de pobreza) que a partir de 1994 y a pesar de no haberse alcanzado los niveles de mediados de los 80, el ingreso de la población vuelve a deteriorarse en forma generalizada, según se constata en las mediciones oficiales posteriores a la primera medición de aquel año (ver Cuadro 2).

Según Beccaria (1993) la hiperinflación produjo que en 1990 los ingresos de la población se redujeran con respecto al bienio 1985-86 en promedio un 30%., para el conjunto de perceptores de ingresos que releva la EPH-INDEC en el GBA. Estimaciones propias en base a la misma fuente evidencian que, al iniciarse el Plan de Convertibilidad a principios de 1991, el ingreso medio individual del estrato considerado en la estadísticas oficiales como el más pobre de ese aglomerado urbano era, en términos reales, tan sólo el 71% del de marzo de 1987.

Es interesante hacer notar que este marcado deterioro de los ingresos no parece haber ocasionado inmediatamente una respuesta general significativa hacia la búsqueda de empleo de personas que hasta el momento permanecían inactivas. Por lo menos esto es lo que aparenta el análisis en términos de las tasas generales para la población en su conjunto. La TA y su consecuente influencia sobre el incremento de la desocupación recién en mayo de 1993 muestra en el GBA el primer salto notable.

Esto no debería relativizar la hipótesis que asocia la primera crisis provocada por el incremento de la desocupación en el GBA en ese período con los bajos ingresos originados luego de la hiperinflación. Tanto Minujin y López (1993) como Beccaria (1993) coinciden en señalar que al finalizar la hiperinflación, durante los años 1991 y 1992 se produce una recuperación paulatina pero sostenida de los niveles de ingreso per cápita familiar. Posicionados desde el año 1992 -previo al primer estallido de la TD que inicia la crisis del mercado de trabajo que se vive hasta la actualidad- los estudios citados se refieren a evidencias distintas del estado de la distribución del ingreso, según los períodos de referencia por ellos tomados. El hecho de que Beccaria mencione que en 1991 y 1992 se habría producido además un mejoramiento en la distribución del ingreso per cápita familiar no resulta contradictorio con las apreciaciones de Minujin y López, en cuanto a que si se efectuara una comparación, en realidad, con respecto a 1989, en 1992 se evidenciaba "una consolidación de las pautas de iniquidad establecidas en el período hiperinflacionario".

Pero lo verdaderamente relevante en relación a lo que ocurre durante los dos primeros años del Plan de Convertibilidad es lo que estos dos últimos autores mencionan, además, como un aspecto sustancial que resulta de particular importancia para visualizar los cambios que la hiperinflación introduce en la relación ingreso-desocupación.Los mismos establecen un análisis dinámico de los hogares según su entrada o salida de la pobreza.

Resulta llamativo que a partir de dicho análisis se desprende que ya en 1991 y 1992 las variables de ingreso se encuentran estrechamente relacionadas con las nuevas características ocupacionales, hasta tal punto que éstas definen la forma y magnitud que adoptarán aquellas a fin de determinar la entrada o salida de la pobreza.

Por ejemplo, dentro de los hogares que en 1991 eran pobres y dejaron de serlo en 1992, un porcentaje ampliamente mayoritario habrían mejorado su situación debido a que la tasa de perceptores de ingresos de los mismos se incrementara fundamentalmente debido a la incorporación de algún miembro del hogar al mercado de trabajo (y no debido a que esos incrementos en la tasa de percepción pudieran deberse a la reducción del tamaño del hogar o a la incorporación de otros perceptores).

Inclusive, en aquellos hogares que habrían dejado de ser pobres pero que no incrementan su tasa de perceptores de ingreso, fundamentalmente lo que ocurre es que en promedio el 75% de los jefes respectivos incrementan el número de horas trabajadas.

No cabe duda que en este análisis los elementos relativos a la presión sobre el mercado de trabajo ya aparecen fuertemente relacionados con los resultados de mejoramiento en los ingresos. Según los mismos autores, "el incremento de los ingresos familiares que permitió a estos hogares superar la situación de pobreza resulta en gran medida de una mayor participación en el mercado de trabajo" (Minujin y López, 1993).

Este tipo de análisis coincidiría con algunos estudios del INDEC que fueran realizados también para el GBA, a fin de estudiar comparativamente las características y evolución ocupacional de los hogares pobres y no pobres definidos según el método de la Línea de Pobreza. A partir de los mismos se pone en evidencia que ya antes de producirse el salto de la TD en mayo de 1993 en el GBA, motivado por el fuerte paso de personas inactivas hacia la búsqueda, en los hogares que se encontraban por debajo de la Línea de Pobreza esa tendencia se había consolidado (Petetta, 1996).

En efecto, según dichos análisis, la TD de los hogares considerados pobres entre octubre de 1991 y 1992 había crecido prácticamente en un 70%, siendo que la tasa general del aglomerado lo había hecho en un 26%. Tal incremento de la desocupación de los hogares pobres habría sido motivado precisamente por el paso de la inactividad a la búsqueda y, como fuera comentado, el hecho de que no haya influenciado decisivamente con la misma magnitud en el comportamiento de las tasas generales no debe soslayar el hecho de que ya adelantaba lo que ocurriría inmediatamente después, a partir de las nuevas circunstancias macroeconómicas.

5. Debe tenerse en cuenta que los años 1991 y 1992 evidencian una etapa de ordenamiento del ajuste post-crisis inflacionaria. Allí es donde se diseña un modelo económico a partir de 1) la absorción de liquidez que supone el Plan Bonex a principios de 1990; 2) la aplicación de un paulatino ajuste del presupuesto público a través de los sucesivos mini-programas de recorte del gasto encaminados a garantizar un superávit fiscal durante todo aquel año (1); 3) el establecimiento de la convertibilidad del peso con respecto al dólar garantizada a una paridad fija por Ley de la Nación a principios de 1991 y, finalmente y como objetivo central, 4) la disposición y ejecución a fines de 1991, a través del ingreso al Plan Brady, del pago de la deuda externa comprometiendo un drástico programa de privatizaciones que como contrapartida permitiría el acceso a nueva deuda y el ingreso de capitales desde el exterior (en su mayoría presuntamente fugados por especulación durante la década del 80)(2).

Como dato adicional, debe repararse en algunas estimaciones hechas por la Fundación Mediterránea que, hacia fines de 1992, ponderaban la importancia que durante dicho año fueron adquiriendo las nuevas formas de financiamiento externo de los sectores privados posibilitados de aprobar los términos de referencia que imponían tales condiciones de crédito (Cossa, 1992). Según esas fuentes, de los aproximadamente 2.600 millones de dólares de deuda privada nueva que se estableció en el país durante el trienio 1990-1992, cerca del 73% de la misma se había comprometido recién durante ese último año, luego de la firma del Plan Brady. Una información agregada tornaba aun más interesante este dato: el 45% de la misma correspondía a obligaciones negociables originadas en el sector bancario de la economía.

Los alcances de este trabajo no permiten avanzar mucho más en cuanto a la significación de los elementos de interpretación socioeconómica involucrados en las características del diseño original del actual plan económico. No es posible aquí, por ejemplo, analizar el destino de los créditos originados en la nueva deuda externa privada ni en los términos financieros del costo del crédito producto de la intermediación de los bancos radicados en el país, con respecto a los potenciales deudores. Sin embargo, no deja de ser interesante en materia de la configuración precisamente de las características de los "nuevos" desocupados que aquí se pretende analizar, dejar expresada alguna sugerencia al respecto. Si una economía reproduce un modelo de acumulación basado en una valorización financiera que pueda sustentarse en cierto poder relativamente monopólico de acceder al crédito internacional, llegando a realizar tal valorización mediante el otorgamiento de préstamos a tasas con diferenciales de interés altos, resulta bastante probable que habrá de encontrar en una población que en 4 años vio volatilizar sus ingresos en un 30% un instrumento inestimable de tal realización. En otras palabras: solamente una población con tales carencias de ingresos podía aceptar condiciones de acceso al consumo lo suficientemente caras como para sustentar la valorización financiera de los intermediarios del nuevo crédito privado post-Plan Brady. En ese sentido, tal vez lo más importante de rescatar desde el punto de este artículo son dos aspectos: por un lado, que efectivamente la posibilidad de acceso a un crédito de consumo suponía en principio la exigencia de poseer una ocupación que sustentase la posibilidad de contar con la percepción de ingresos para su amortización ó, alternativamente, la necesidad de contar en el hogar con un ingreso adicional que permitiera acceder a los requerimientos mínimos de dicho crédito. De una u otra forma esto dejaba planteada la necesidad de obtener más ocupaciones por hogar.

Debe advertirse, además, lo afirmado por Minujin y López que fuera antes citado, en cuanto a que las condiciones de mejoramiento de los ingresos per cápita familiar luego de la hiperinflación inicialmente consistieron en que los hogares lograron tener más perceptores de ingresos por fuentes ocupacionales.

¨Prevaleció en estas circunstancias el "aliento" por condiciones supuestamente mejores ofrecidas por la economía en su conjunto o la angustia de no quedarse afuera del mundo del consumo futuro, tal y como lo parecía imponer la situación luego del ajuste inflacionario?.

Por otro lado, cabe destacar que la dinámica sugerida abre un gran marco de interpretación sobre las características que pueda haber ido adoptando en su comportamiento socio-político (a la hora de manifestar su voto para la elección de sus representantes constitucionales, por ejemplo) el estrato social que al inicio de esta década y como producto del empobrecimiento de ciertas capas de la clase media, fuera caracterizado como "nuevo polo popular" en la tipificación de los "nuevos pobres" de la Argentina (Murmis y Felman, 1992).

6. Beccaria y López (1994) han sugerido que el significativo incremento de la oferta de trabajo que se produce en el GBA cuando en mayo de 1993 se "dispara" la crisis del desempleo, podría explicarse en función tanto del trabajador "alentado" como del "adicional", según lo evidencien las característica socioeconómicas de las personas que explican al mismo. Sin embargo, la interpretación del tratamiento de los datos que exponen en definitiva los ha llevado a reforzar la idea de que la tipología adoptada por los desocupados que surgen a partir del aumento de la tasa de actividad aludido, pone en evidencia que los mismos provienen fundamentalmente de personas que en general suelen desarrollar "típicamente actividades no económicas", lo que los asocia fundamentalmente a la idea de "trabajador adicional".

Dicho de otra forma: el hecho de que para estos autores exista un perfil del paso de la inactividad a la desocupación relacionado con personas de sexo femenino, mayores de 50 y que son las cónyuges del jefe del hogar, los ha llevado a acentuar la idea de que el peso del "trabajador adicional" más que el del "trabajador alentado" es el relevante como respuesta ante el deterioro del ingreso familiar.

Con una metodología propia, los análisis de panel que se vienen realizando desde principios de la década de 1990 en la EPH- INDEC, han permitido extraer resultados parecidos en materia de la descripción del perfil de los inactivos que pasan a la desocupación. Según esos trabajos, la sobre-representación del perfil de los inactivos que pasan a la actividad con respecto a los inactivos que permanecen en la misma muestra que efectivamente son las mujeres y, fundamentalmente, las cónyuges, las que explican fuertemente el aumento de la TA en el inicio de la crisis de desocupación en mayo de 1993 (Lavergne, Herrero y Catanzaro, 1996).

Con respecto a las características por edad, a diferencia de lo analizado por Beccaria y López (1994), estos trabajos tienden a relativizar la importancia del estrato correspondiente a los mayores de 50 años, aunque no a cuestionarlo. Esto se debe a que si bien la metodología por sobre-representación muestra un valor positivo para los mayores de 50 años, el grado de sobre- representación de las personas entre 15 y 19 años e inclusive, las de 35 a 49, parece haber sido mucho más importante.

A partir del período octubre 1992-mayo de 1993 en adelante si bien el estrato de mayores de 50 años continuó teniendo un grado de sobre-representación positivo, durante toda la etapa posterior de la actual crisis de desocupación el mismo ha ido disminuyendo. A pesar de lo dicho, vale la pena retener que es el estrato de 15 a 19 el que más habría crecido en cuanto a la sobre- representación que muestra su participación entre las personas inactivas que pasan a la PEA, con respecto a la proporción de esa misma edad entre quienes permanecen en la inactividad. De allí que lo afirmado por Beccaria y López siga siendo válido en cuanto a sostener que también por edades las características de las personas que se suman a la PEA desde la inactividad responden a aquellas que suelen desarrollar "actividades típicamente no económicas".

7.Por otro lado, a través de análisis econométricos que comentan haber realizado, Gerchunoff y Kacef (1995) coinciden en señalar que es efectivamente la figura del "trabajador adicional" la que se destaca en el paso de la inactividad a la desocupación en el GBA, a partir del inicio de la crisis del desempleo en 1993. Sin embargo, los mismos aportan un orden de explicación diferenciado, aunque también relacionado con el ingreso. La significativa correlación positiva que según estos autores existiría entre la TD de los jefes de hogar y el incremento de la TA remite en los hechos a una carencia de ingresos del hogar, pero no necesariamente asociada con el ajuste pos- hiperinflacionario.

Sin embargo, los mismos comentan haber identificado, además, la existencia de una correlación positiva entre el incremento de la TA en el GBA y el salario en dólares, durante el período aludido. En ese sentido, también en este caso en lugar de enfatizar como Beccaria y López la significativa caída de la evolución de los ingresos que se identifica en la observación de un período previo más extenso, incorporan al análisis la causalidad directa entre incremento salarial de corto plazo y la aparición del trabajador alentado.

A pesar de presentar esta diferencia con la causalidad que prevalece resulta interesante acotar, sin embargo, que Gerchunoff y Kacef explicitan que el resultado de sus investigaciones remite a una explicación relacionada fundamentalmente con el "trabajador adicional", pues en el caso del "trabajador desalentado-alentado" la medición del coeficiente de correlación si bien es positiva les habría resultado menos significativa. Es evidente que los análisis que se reproducen tienden a ser coincidentes en cuanto a sugerir distintas formas de identificación cuantitativa de un mismo fenómeno: ambos trabajos aceptan la preeminencia de la relación "ingresos- trabajador adicional-repercución en la desocupación". Sin embargo, adoptan algunas diferencias en relación a los aspectos de la misma que deberían ser enfatizados.

Parece claro que a partir del contraste realizado no resulta obvia la unicidad de criterios para describir el orden causal explicativo que debería prevalecer en el entendimiento de la relación que existe entre el estado de los ingresos de la población y la relevante aparición del trabajador "adicional", al momento de explicar el vínculo entre el brusco aumento de la TD en el inicio de la crisis y el aumento de la propensión a la actividad.

Inversamente a lo mencionado hasta aquí, otros análisis tienden a privilegiar la relación positiva entre el salario con el incremento de la oferta. Si bien como Gerchunoff y Kaceff reconocen también la validez del tipo de explicación que privilegia la relación entre el incremento de la desocupación del jefe del hogar con el deterioro del ingreso y el consiguiente aumento de la TA, prefieren enfatizar la atención sobre los efectos de estímulo que a su criterio estaría ejerciendo el incremento del "salario de oportunidad" (Bour, 1995).

Tal vez porque en este estudio se concentra el análisis en el período 1990-1994 es que no se tiene en cuenta que lo ocurrido en el GBA durante el histórico incremento de la TD en mayo de 1995 parece refutar la hipótesis explicativa del mismo. Como es sabido, la medición oficial correspondiente a dicha período mostró cómo la TD del aglomerado alcanzó niveles históricamente muy altos, acompañados por un incremento también muy importante de la TA (ver Cuadro 1).

Tal incremento en la TA fue explicado, fundamentalmente, por el aumento de la participación de las mujeres mayores de 14 años en el mercado de trabajo. Las mismas justifican prácticamente el 80% del ya de por sí importante aumento en la oferta laboral en el GBA entre octubre de 1994 y mayo de 1995. Sin embargo, contrariamente a lo esperado según la hipótesis de Bour, durante ese período el ingreso promedio de la ocupación principal de ese grupo etario de mujeres se redujo de manera importante.

A través de la serie de cuadros adicionales a los tabulados tradicionales de usuarios que elabora la EPH-INDEC, se puede comprobar que durante el período estudiado el ingreso medio de la ocupación principal de las mujeres mayores de 14 años se redujo en casi un 10%. Tal reducción fue general para el conjunto de los perceptores de ingresos de la economía y, en el caso particular del grupo aludido, afectó más a aquellas mujeres con ocupación principal cuenta propia, aunque también las trabajadoras asalariadas vieron reducir su salario significativamente .

Con respecto a estas últimas cabe aclarar que en términos relativos perdieron más ingreso aquellas que se encontraban trabajando en establecimientos chicos y medianos, que las de establecimientos grandes. Sin embargo, el análisis por tamaño de establecimiento no permite encontrar excepciones por tramos a la tendencia de caída generalizada en los salarios respectivos (ver EPH-INDEC, "Situación Sociodemográfica y Laboral del Gran Buenos Aires"; 1994 y 1995).

El tipo de análisis realizado por Bour parece confirmar su debilidad de origen, al elaborarse a partir de premisas muy relativas, como suponer por ejemplo que las decisiones de entrada o salida al mercado de trabajo por parte de grupos de población tradicionalmente dedicados a actividades típicamente no económicas, en un contexto pos-hiperinflacionario, pudieran estar sujetas a opciones de efectiva "preferencia" por, por ejemplo, la educación antes que por la obtención de un ingreso. No contempla que el retardo relativo a ofrecer su fuerza de trabajo en el mercado en un contexto pos-hiperinflacionario en rigor representaría, para dichos grupos etarios, una ventaja: la de no haberse visto obligados todavía a sufrir por la pérdida de ingresos la interrupción de lo que sería una suerte de evolución "natural", aceptada culturalmente, que supone que, por ejemplo, las personas de entre 15 y 19 años típicamente puedan continuar dedicadas a completar sus estudios secundarios, antes que salir a trabajar para complementar el ingreso del hogar. Más allá de esas pautas culturales generalmente aceptadas, todo esto está fundamentalmente relacionado con el tipo de organización social que surja de una economía que aspire al crecimiento sostenido.

II.Los "nuevos desocupados" y la inserción ocupacional

8.Entre los analistas que mencionan la relación entre el aumento de la oferta laboral y las condiciones del ingreso de los hogares, al caracterizar la crisis de desocupación de estos años, ha existido cierto consenso en asociar el deterioro de aquellos con la situación ocupacional del jefe. En general, ya sea porque la pérdida de ocupación de estos últimos haya podido motivar caídas en el ingreso del hogar, o porque la caída de estos ingresos haya podido llevar a un jefe a buscar trabajo si estaba jubilado o más trabajo si no era inactivo, se ponen en evidencia referencias constantes a que el incremento de la TD de los jefes ha estado acompañado del aumento del número de miembros del hogar antes inactivos que se habrían visto obligados a buscar trabajo para complementar el ingreso familiar. Para Marshall (1995) sólo un análisis de lo ocurrido en el mercado de trabajo durante 1991 y 1994 realizado "en una perspectiva de más largo plazo" permite señalar que el deterioro ocupacional se vincula al hecho de que en la Argentina se ha producido desde mediados de los 70 un "incremento de desigualdad", que no ha podido ser revertido durante el actual plan económico. En este contexto, la pérdida de empleo de los jefes de hogar ha sido un factor explicativo constante de aumentos en la participación femenina en el mercado de trabajo que han sido diferenciados por edades según los años. Mitnik y Montoya (1995) coinciden en la necesidad de caracterizar en el largo plazo los problemas de desigualdad, pero ilustran a través de una estructura quintílica poco utilizada, construida en base al ingreso per cápita familiar en términos de Unidades Adulto Equivalentes (UAE), que entre 1991 y 1994 la distribución en el GBA muestra una caída relativa del quintil superior con respecto al resto. Vale la pena tener en cuenta que esto no es lo que surge de los datos oficiales que están disponibles al público cuando se analiza la distribución del ingreso per-cápita familiar en una comparación punta a punta para los meses de octubre de 1991 y 1995. En dicho período, mientras que los estratos considerados oficialmente bajo (los 2 primeros quintiles) y medio (quintiles 3 y 4) pierden respectivamente posiciones, el estrato superior obtenía una participación 10% más alta que al inicio de la convertibilidad.

Este aspecto no impide que se hayan presentado algunas mediciones interesantes que mostrarían para el período 1991/1994, en donde se producen importantes cambios en los incrementos de las tasas de actividad, comportamientos distintos en los niveles de pobreza para los jefes de hogar según sexo.

Esto coincide, por lo menos en la preocupación explicativa, con los análisis antes citados de Minujin y López (1993), en donde se demostraba para el período pos-hiperinflacionario la importancia de la relación entre los cambios en la condición de actividad de los jefes y las entradas y salidas de los hogares a su condición de "pobres".

Ya se había mencionado que Gerchunoff y Kaceff (1995) analizaban que el crecimiento de la oferta de trabajo estaba para ellos claramente asociado a la pérdida de ingreso que supone la evolución negativa de la TD de los jefes de hogar. Inclusive Bour (1995) reconoce que este elemento habría representado un aspecto importante en la explicación del aumento de la oferta laboral, aunque no se dedica a medir tal relación explícitamente. También desde posiciones interpretativas claramente diferenciadas a estas últimas, se ha señalado la importancia que adquiere en la explicación del inicio de la crisis de desocupación de estos años el hecho de que el creciente desempleo de los jefes de familia haya profundizado "al extremo" la caída de los ingresos familiares y de esta manera obligado a generalizar "la participación en el mercado laboral como activos demandantes de empleo" de varios miembros de dichos hogares (Feletti y Lozano, 1995). En este caso particular, surge como novedoso que se haga alusión a dos tipos de deterioro del ingreso que pueda ser asociado al incremento de la oferta de trabajo. Por un lado, el que se presenta luego de la hiperinflación y que deja establecida las condiciones para la relación "caída del ingreso-aumento de la oferta por intermedio del trabajador adicional". Por otro lado, el que se refiere adicionalmente a la desocupación del jefe del hogar y que llevaría a "profundizar al extremo" la situación de los hogares que vuelcan a la búsqueda de empleo a miembros anteriormente dedicados a actividades típicamente no activas.

En general, como puede observarse, el deterioro en las condiciones ocupacionales de los jefes de hogar es un referencia destacada por la mayoría de los análisis citados. Tanto relacionándolo con el ingreso del hogar o con las condiciones de pobreza, los mismos coinciden en resaltar este tipo de asociación, aunque existan diferencias en los énfasis planteados y en el orden de causalidades sugeridas para los períodos respectivos.

En este contexto se destaca, frente a la mayoría de autores citados, la interpretación que niega el papel jugado por el incremento de la TD de los jefes de hogar en relación a los hogares que aumentan la tasa de actividad. Sin embargo, es importante tener en cuenta que aun en este caso no se descartan sino que se resaltan los aspectos relativos a los cambios en los ingresos de los hogares (3).

Este diagnóstico enfatiza la observación de lo ocurrido en el GBA durante mayo de 1995, período en donde la TD llega al punto más alto de la serie dada a conocer por el INDEC, acompañada por un salto muy importante en la TA. A partir de allí, el análisis advierte que en los hogares en donde, justamente, la TA crece, en realidad la TD de los jefes se reduce de manera muy significativa. Esto llevaría a negar, a diferencia de lo tratado por la mayoría de los trabajos citados, que exista un vínculo entre el deterioro ocupacional del jefe del hogar y la búsqueda de más empleo por parte de los componentes del mismo que normalmente se dedican a actividades típicamente no económicas.

Ello no impide que se resalte el hecho de que los incrementos de la oferta laboral que se producen como aspecto distintivo durante la crisis de desocupación durante el Plan de Convertibilidad, estén efectivamente asociados a los deteriorados ingresos de los hogares. Sin embargo, aquí también se pretende destacar una causalidad peculiar: teniendo como punto de partida tal deterioro en los ingresos, los hogares en donde se habría incrementado la TA mejorarían posteriormente sus ingresos a costa de colocar en el mercado de trabajo mayor cantidad de miembros de los respectivos núcleos familiares, lo que a su vez se refleja en un incremento de su TD.

Dicho de otra forma, según esta interpretación, el incremento de la TD en los hogares donde aumenta la cantidad de miembros que pasan a la actividad se vería acompañado con una mejora del ingreso per-cápita de los mismos. El significativo deterioro de los ingresos pos-hiperinflación habría llevado a que las familias ofrezcan más trabajo, lo que en parte habría permitido compensar tal deterioro. Si esta compensación no habría sido lo suficientemente importante todavía -lo cual parece traducirse en que el empleo no crezca suficientemente, ocupando a las nuevas personas ingresadas al mercado laboral- se debería fundamentalmente a que: 1) al ser nueva en el mercado la fuerza de trabajo ofrecida carece de los atributos exigidos por la demanda y 2) a que dichos atributos exigidos se relacionarían con un incipiente funcionamiento moderno de la economía en su conjunto, que como no habría podido todavía reflejarse en la legislación respectiva, ha convertido la "inflexibilidad normativa" en una "flexibilidad de hecho" (4).

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Economista.Asistente de Investigación y Docencia en el Instituto del Conurbano de la Universidad Nacional de General Sarmiento. Doctorando en Economía en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, con sede en el Instituto de Investigaciones Contables. Docente de la Facultad de Ciencias Sociales y del Colegio Nacional de Buenos Aires, dependientes de la UBA.

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NOTAS

(1) los "famosos" Planes "Sup-Erman", que la prensa bautizó de esa manera a partir del nombre de pila del Ministro de Economía Erman González.

(2) "Con el ingreso al Plan Brady -decía el Ministro de Economía Domingo Cavallo en una entrevista publicada en mayo de 1992- se instala la última gran columna del programa económico. Terminamos de recuperar una tercera institución económica fundamental que es el crédito público. Yo diría que gracias a la eliminación del déficit fiscal lograda a partir de los esfuerzos realizados durante los últimos tres años hemos recuperado la moneda, el presupuesto y ahora el crédito público. Toda economía organizada necesita estos tres elementos" (Revista Novedades Económicas; Año 14; N§ 137; mayo 1992).

(3) Ver Kritz, Ernesto: "El puzzle del desempleo". Diario La Nación; pag.8; Sección 2. Buenos Aires, 8 de octubre de 1995.

(4) Ver Kritz, Ernesto: Exposición presentada durante la inauguración del Congreso sobre Población realizado en La Pampa, en el año 1995; del mismo autor: "Hubo una masiva entrada de mujeres al mercado de trabajo". Diario Clarín; entrevista de Jorge Halperín; 7 de agosto de 1994 y "Hay más gente con empleo". Diario Clarín; 17 de diciembre de 1995. También de Kritz, E. y Goodbar, M.: "El salario en la era tecnológica"; Diario Clarín; 17 de abril de 1994. Buscar en esta seccion :